Este otoño en Barcelona tiene perfume a helado de limón por la Rambla, a esas últimas florecitas de azhar que caen al paso, a idiomas plurales riendo al unísono a lo lejos, y al interminable atardecer en el Mediterraneo generoso a mis ojos... ya soy dueña de una pizca de sabores nuevos en mi paladar, y del aire fresco que baja esta noche del Tibidabo hasta mi ventana, para que la cortina haga esas sombras chinas en la pared beige del cuarto...
Y me enamoré de Gaudí a primera vista, sólo ahí me di cuenta que con llorar no alcanza, que con admirar no hacia nada, y que abrazarme a las columnas de piedra fria de la Sagrada Familia sólo me hacía sentir más mínima...lo amé en cada sello que dejó en esta ciudad para pasos de cabras, en la imaginación sin límites, y en cada curva lúdica en su arquitectura...
Y me enamoré de Gaudí a primera vista, sólo ahí me di cuenta que con llorar no alcanza, que con admirar no hacia nada, y que abrazarme a las columnas de piedra fria de la Sagrada Familia sólo me hacía sentir más mínima...lo amé en cada sello que dejó en esta ciudad para pasos de cabras, en la imaginación sin límites, y en cada curva lúdica en su arquitectura...
Pero voilà! mi otoño también tuvo su París, caminé con su llovizna pegando en mi cara sin reparos, guardé para siempre las esquinas interminables como tribuna a la ciudad, y amé los parisinos que sonreían a mi frances ansioso e imperfecto pero con la sonrisa justa para ser perdonada...
Alguna vez soñé con éstas dos ciudades....y ahora ellas soñaron mis noches conmigo.
la última foto antes de volver a Barcelona
Una plazoleta en París












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